Me aferro a tu recuerdo
casi desesperadamente,
abrazándolo con mis uñas
que rasgan la espalda
de su halo fantasma,
hiriéndola más en ese acto
y manchando mi cara
con su sangre que se mezcla
con mis lágrimas amargas.
Y una y otra vez
repito el oscuro rito.
¡Y me duele tanto!,
pero no puedo dejar de atarte a mis días.
No te dejo ir
a ti ni a mi herida.
Y así en el tiempo
te sigues quedando
en medio de esa sangre y esas lágrimas.
