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La nueva vuelta a sol la visualizo como 24 horas únicas cada 365 días. ¡Es el Año nuevo personal! Un día de alegría y agradecimiento  por lo vivido en el año que se deja atrás (aunque se queda con nosotros) y de apertura mental y espiritual a lo bueno que vendrá en el nuevo ciclo anual (y también de aceptación de lo no tan bueno, capitalizado en aprendizajes y experiencia).

Es un día de fiesta entonces. Un día de festejar la vida. De sentir la vida fluir por las venas. Un día de recuentos y de nuevos propósitos. Un día donde desfila en nuestra cabeza y corazón tanta gente; tantas vivencias, alegrías, dolores, esperanzas, caídas, levantadas, fe, día a día y mirada a largo plazo.

Y ese día de fiesta no necesariamente es una fiesta en sentido literal. Es la fiesta interior. Es el contacto máximo con uno mismo. Es el día de tomar conciencia del ser único en el universo que somos. De ese ser que vino al mundo para ser feliz, encontrar su camino, cumplir su misión, construir, aportar a otros, dar y recibir, dejar su huella, trascender.

Hoy me toca a mí ese rito individual e íntimo. Hoy me toca celebrar mi vida. ¡Y agradecer por tanto! Y así también a cada uno (a) le toca en su  momento, ese turno  único donde una vez al año parece que el  mundo se detiene para abrazar y desear felicidad y plenitud. Ese momento donde parece que todo es positivo, más hermoso, más fraterno y donde el mundo parece un mejor lugar.