Estrellita te llamabas
y una estrella luminosa
fuiste cada día.
La más luminosa
entre todas las estrellas.
No eras tú humana,
pero como los humanos
al mismo reino y mundo pertenecías.
Te decían mascota;
te quise yo, mi estrella,
como a la más especial
de las personas.
Incluso más a veces.
Despertabas fácilmente en mí
la vocación de cariño permanente.
La intensa vocación
de amar
como ama un padre
o un amigo a su amigo casi hermano.
Así, con el alma entregada.
Me gustaba acariciar
tu cobrizo pelaje.
Tus negros ojos
brillando puros como cometas,
son de olvidar imposibles.
Estrellita te llamabas.
¡Qué nombre
tan decidor
de lo que fuiste!
Porque tú brillaste y brillas
en mi corazón
como las estrellas brillan
en medio de la oscuridad.
Es que una estrella fuiste
capaz de alumbrar las noches
y brillar a pleno sol.
Una estrella como esas
que planetas cautivan
con su esplendor y luz.
Qué importa si otros ojos
como animal o mascota
podían verte solamente.
Para mí fuiste mucho más.
Te has ido de mi lado.
No podré darte
otra vez calor.
La ternura para ti
surgida y reservada
deberá partir como partiste.
Sé que estás
junto a las demás estrellas.
Que brilles allí en paz,
sin los dolores
que acosaron trozos
de tu vida.
Aún siento tu presencia,
perrita hermosa.
Te fuiste,
pero de mi alma
nunca podrás partir.
Adiós te digo, amiga.
Jamás podré olvidarte.
Jamás querré olvidarte.
Es triste tu partida
como triste es caminar
en una noche oscura.
En una noche sin estrellas.
En una noche sin mi estrella.
