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Arrastro por mares de sangre
a quienes digo amar.
Y teñidas de un indigno rojo
quedan sus caras trizadas,
naufragadas en lágrimas
que no sé cómo beber.
El dolor me pertenece.
Deben recaer en mí
sus inocentes lágrimas,
su sangre sin culpa.
Es que no sé amar,
aunque lo intento lastimosamente.
Cada rostro que elijo
termina hundido en mis tormentas negras,
en mis violentas fugas,
en mis pies derretidos por la duda.
Ya no quiero dolor
para otra mano elegida.
Ya no más espaldas trituradas
por mis torpes manos.
Basta de arrastrar rasgados corazones
por mares dolorosos,
esperando palabras que no sé pronunciar,
aguardando gestos
que ni remotamente puedo dar.
Entonces, esos mares de sangre demandante
deberán cubrirme,
deberán en su fondo encadenar mi sonrisa;
ahogar palabras dulces con su terca sal,
y todo aquello que pueda
construir miradas de ilusión.
Del mundo que conecta almas deberá borrarme
permitiendo pasos que, sin encantos frágiles,
puedan caminar libres del infame yugo.
De ese yugo cruel
que impone el cielo y el infierno
en el mismo injusto sueño.